Como os he puesto en otra entrada de este blog, el trió calavera pensó en hacer algo diferente y que pudiese ayudar a los demás, esta historia es una de ellas.
Nuestra Calavera Junior , es la que nos narra esta historia.
AMIGOS EN LA (DES)GRACIA
Era el 20/06/25. El peor día de mi vida, o quizás no fue tan malo por todo lo que ha venido a raíz del mismo? En cualquier caso, aquel día, hacia el mediodía, cuando me estaba despertando de la anestesia lo primero que hice fue preguntar por la hora. Cuando me dijeron que era, de hecho, mediodía ya lo había entendido todo. Salvo milagro, la cosa no había ido como esperaba. En fin, qué me depararía no lo sabía en aquel instante. Lo único de lo que tenía certeza era de que me atravesaba una cicatriz de lado a lado del abdomen y que esa marca no me abandonaría de por vida.
Lo que vino en el transcurso de los siguientes días os lo podéis ya imaginar: proceso de recuperación pos-operatorio, consultas, segundas opiniones… ajetreo podría ser el término idóneo para describir el panorama. Que cómo estaba yo en medio de esta marabunta emocional? Afortunadamente, bien. Seguía entero. No derramé lágrima alguna siquiera. Lo asumí. La vida misma, supongo.
En cualquier caso, me tocó empezar un camino en el que nunca me habría visto envuelto. La tan terrificante quimioterapia. Y en un abrir y cerrar de ojos ahí estaba yo enchufado en el hospital de día. Se acercaba el final del verano, eran los últimos días de agosto, una tarde. Ahí me encontraba yo, calmado. Tan calmado como la misma mañana en la que estaba esperando a que me bajaran al quirófano. Aún me pregunto cómo pude aguantar tan bien el tipo. Será la tan mencionada hoy resiliencia? No lo sé, será algo así.
El caso es que mientras me estaban suministrando mis primeras bolsas de fármacos por el llamado PIC (pequeña vía de entrada de medicamentos que se sitúa en el brazo), miré a mi izquierda y vi un hombre alopécico con una gorra. Miré a mi derecha y había otro hombre con camiseta sin mangas. No crucé palabra alguna con ellos. Ambos se marcharon antes que yo. Al acabar esa primera sesión, me marché a casa. Sin dramas, como he dicho antes, la vida misma.
A los pocos meses, estando ya bastante avanzada esta primera fase de tratamientos, en uno de los días que me tocaba “enchufar-me” fui muy (a)graciado. Mientras estaba en los típicos sofás que todos hemos visto en el cine donde a uno le suministran la quimioterapia, se sentó en la butaca de al lado un chico. Y pensé: a éste le he visto antes por aquí. Y efectivamente, Javi era el chico que se sentó a mi derecha el que fue mi primer ciclo. Nos saludamos, y empezamos a hablar amistosamente. A los pocos minutos me hace la pregunta que todos esperamos: y tú de qué tienes? si te puedo preguntar, claro. Yo: tengo de esto. Ah, jo e yo también. Nos miramos fijamente y nos quedamos asombrados. Casualidad o causalidad? No tengo duda alguna, causalidad. Nos pasamos charlando todo lo que dura la sesión excepto los instantes en los que nos quedamos dormidos como consecuencia del “jarabe”. Llega mi hora, ya he terminado por hoy. A él le queda un rato. Nos despedimos con un abrazo y nos intercambiamos los móviles.
El otro día, me hizo una video llamada porque quería mostrarme el pueblo de sus padres donde pasa habitualmente algunos días en verano. Me prometió en uno de nuestros mensaje vocales de whatsapp que lo haría. Y lo hizo. Hace casi un año estábamos ahí sentados los dos. Demacrados. Flacos. Pensativos. Y hoy hemos desarrollado una bonita amistad. Nos apoyamos mutuamente la víspera de una prueba, los instantes precedentes a una consulta con noticias nuevas. No sé si sentirme todavía un desgraciado por esto que estoy pasando o agraciado porque estoy labrando un camino que, con sus más y sus menos, me está permitiendo saborear la vida. Días dulces, amargos, picantes…


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